Sólo quiero

Hoy sólo quiero estar en tus brazos. En ese lugar que se sabe hogar aunque no tenga paredes.

Hoy sólo quiero estar en tus brazos. Que me des pequeños besos en el pelo y murmures suavecito para que tu voz me acompañe. Mi refugio.

Que me abraces fuerte, como si de ello dependiera nuestra propia existencia. Notar tu respiración. Acompasarla con la mía; relojes que marcan exactamente la misma hora. Mi fortaleza.

Esconder mi cara en tu pecho. Saber que sonríes aunque no puedo verlo. Olerte. Mi casa.

Hoy sólo quiero estar en tus brazos. Abrazarte. Y que bailemos hasta mañana.

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Nieve

Nieva en Madrid. Suave, pequeñito. Desde la ventana, si no prestas mucha atención, parece lluvia. Pero si te fijas, adivinas el blanco de los copos. Y, como con los labios rojos o los calcetines a rayas, el día mejora. Así, sin querer. De repente. Con nieve todo es mejor. Quizá porque por aquí no la vemos mucho tiene como un componente mágico. No tiene la tristeza o la melancolía de la lluvia. La nieve hace sonreír. Y este lunes, antipático por definición, ya es un poco menos feo.

 Desde pequeña he pensado que cuando empieza a nevar no hay que echarle mucha cuenta porque la nieve es tímida y se va enseguida. Me limito a observarla de cuando en cuando por el rabillo del ojo para asegurarme de que sigue cayendo. Y vaya si lo hace. Los copos ahora son algo más grandes. Se están envalentonando. Madrid no es una ciudad snow friendly (demasiados coches, demasiada gente) y dudo mucho que cuaje. Pero la ilusión ahí está. Y con ella sale un poquito de mi niña interior, que lo único que quiere es asomarse al balcón y alargar la mano para intentar alcanzar algún copo. Para tocar algo de magia. Porque a nadie le amarga algo tan bonito (bueno, a los que se quedaron atrapados en la AP6 igual sí, pero eso es de otro cuento). Porque, si pudiera, llevaría un buen rato paseando por la calle hasta calarme. Hasta calmarme. Porque la nieve trae calma y hoy bien que la necesito.

 Nieva en Madrid. Cada vez más fuerte, con más confianza. Ya no puedo evitar quedarme embobada mirando por la ventana. Salir al balcón, a pesar del frío. Disfrutar del espectáculo. Sentir que, de algún modo, la nieve está haciendo borrón y cuenta nueva. Que yo estoy haciendo borrón y cuenta nueva. Que lo que hace unas horas era una cuesta arriba con un desnivel infernal se va a acercando, poco a poco, a un falso llano. Ahora mismo saldría a la calle a bailar. Y todo gracias a unos cuantos copos de nieve. Para que luego digáis que no es magia.

Va por ti

No te habías ido y ya te echaba de menos. Me parecía increíble que llegara el momento en el que quisiera llamarte y no pudiera; es decir, podría, pero ya no estarías para contestar aunque fuera 72 horas más tarde. Quién me iba a decir que acabaría extrañando tu absoluta dejadez con teléfono. Sorpresas te da la vida.

Nadie nos prepara para esto. Obviamente, no mantienes durante toda la vida el trato, la amistad o el afecto con todos aquellos a los que conoces. Menuda locura. Pero los que se quedan en el camino siguen ahí, a una llamada, a un whatsapp de madrugada que nunca debiste enviar, a una incomprensible solicitud de amistad en Facebook. Nunca pensamos que van a desaparecer literalmente. Para siempre. Incluso aunque nos hayan dicho que va a ocurrir. Podemos actuar (casi) como si nada. Seguimos creyendo que no es cierto, que es una broma pesada, que se obrará el milagro. Los mecanismos del cerebro para apartarnos del dolor son alucinantes. Porque se trata de eso. De escondernos del dolor. De huir de él. De construía un muro y dejarlo al margen. Todavía no he podido llorar. Quizá porque me resisto a creerlo. Pero me romperé. Y ese día no sé si habrá consuelo.

Tengo mucha facilidad para establecer un vínculo emocional con cualquier cosa que me recuerde a alguien. Un objeto (soy carne de Diógenes), una canción, un lugar. Contigo esto va a ser muy difícil, porque son muchas las cosas que asocio a ti. Algunas las “compartes” con otros; otras son solo tuyas, y van ser las más duras. Pienso en La Habana, en el malecón al atardecer y en gardenias. En “La casa del escabeche”. The lady in red. Las cariocas. Polo Montañez. En Madrid, en el Ocho y en la facultad. Blue Monday. La cabaña del tío Tom. La Gran Vía. Saleros y tequila. Boas y labios rojos. The time warp. La Zarzamora. Trilogía formativa. Depeche. Reuniones de trabajo reconvertidas en cañeo interminable. Moroder. Los días del funcionario. Kiss. La tortilla del Sylkar. Tu manera de regañarme cuando me daba por vencida. Lionel Hutz. Y sonrío. Y recuerdo mil cosas más. Y me viene a la mente un “puto Morricone”, entre lágrimas, en una sala de cine casi vacía. Y con eso, amigo, me quedo hoy. Va por ti.

 

El gato sobre el tejado

Este es Tyrion:

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       Es pequeño, delgadito y, como veis, le encanta meterse en todas partes. Pero si tuviera que pensar en su seña de identidad más característica, diría que es no callarse. Nunca. Avisa cuando está en una habitación y alguien entra, cuando llega, cuando se va y entre medias te cuenta todo lo que hace y lo que ve. Obviamente no entiendo sus maullidos, pero es lo que puedo deducir por cómo se comporta. También puedo decir que probablemente sea el gato más cariñoso y agradecido que he visto nunca, probablemente por cómo llegó  mi vida, pero eso es otra historia.

        La cuestión es que hace unos días Tyrion se perdió. Es normal que salga a la calle, pero tiene sus horarios y cuando nos dimos cuenta de que llevaba al menos 12 horas sin venir a casa, entramos en pánico. Horas de batidas por la calle y nada, que no respondía. Y recalco lo de que no respondía porque, de habernos oído y haber podido, habría salido de donde estuviera, como hace siempre. Así que empezamos a pensar que se había colado en casa de algún vecino (cosa que hace habitualmente) y que se había quedado atrapado cuando se fue de vacaciones. Total, que el rescate se nos empezó a ir de las manos cuando había voluntarios para salir por el tejado hasta casa de una vecina en cuya casa se suele colar y reventar una ventana de la buhardilla (para sacar un gato que, recordemos, no estábamos seguros de que estuviera dentro), y decidimos dar una última vuelta antes de liarla parda.

         Total, que salgo de descubierta por la avenida grande, entro un poco por el campo, vuelvo por el parque y cuando estoy llegando de nuevo a la urbanización, no me contengo y le llamo.

– ¡Tyrion! Bsbsbsbsbsbs (onomatopeya que no sé muy bien cómo escribir, pero es como llamamos a los gatos en mi casa ^^)

– ¡Miau!

– ¿Tyri?

– ¡Miaaaaaaaaau!

– ¡Tyri! ¡¿Dónde estás?!

       Me pongo a dar vueltas como loca mientras el pobre animal maúlla desesperado hasta que descubro al gato subido al tejado de la segunda planta de una fila de chalets cercana a mi casa. Aviso al resto y nos surgen dos preguntas: ¿Cómo ha llegado ahí? Y lo que es más importante, ¿cómo le bajamos? Desde la casa a la que correspondía el tejado y la de su izquierda imposible. Estaban de vacaciones y no podíamos acceder al jardín anterior, de modo que había que probar con el vecino de la derecha. A todo esto ya eran las 23 h. y una es consciente de que no son horas de molestar por muy agosto que sea, pero no podíamos dejar al pobre animal maullando desesperado toda la noche, de modo que llamamos al timbre. El dueño de la casa al principio no entendía muy bien lo que le estábamos diciendo pero luego se hizo cargo de la situación y subió a la buhardilla para llamar a Tyrion y que entrase por su ventana para bajar a la calle. Efectivamente, se puso a llamar al gato, éste se acercó corriendo… y se volvió a alejar a la misma velocidad porque no le conocía de nada y desconfiaba. ¡Otra vez como al principio! El buen hombre incluso nos dejó pasar para llamarle, pero ya no había modo. Otra vez el gato en una esquina, maullando como si le estuvieran arrancando la piel a tiras, y nosotros en la calle impotentes porque no nos hacía ni caso. En estas que estábamos a punto de tirar la toalla cuando el vecino-héroe-insensato se aúpa por la ventana de su buhardilla y sale al tejado, andando hacia el gato. Éste que le oye, le ve, y en menos de tres segundos salta del tejado al tejadillo de la la primera planta y de ahí al suelo. Se me acerca, y sin dejar que le coja se aleja a buen ritmo mientras va comentando (supongo) que vaya loco el vecino que ha salido al tejado.

– ¡Miau! ¡Mi! Prrrrrrrr¡miau!

      Y el resto nos quedamos con cara de idiotas.

Tranquila

       Hay llamadas que no querríamos recibir nunca. Nadie quiere que le llamen para saber que otro está sufriendo. Con la impotencia, además, que supone la distancia. Cuando no hay palabras que consuelen y los gestos (una mano en el hombro, un abrazo…) son imposibles. Cuando un “tranquila…” entre sus sollozos sólo suena a lugar común. Cuando tienes que explicar que no hay situación que justifique que la hagan daño y su “Ya, pero…” se te clava en el alma. Cuando las excusas para ti son sólo eso y para ella la roca a la que aferrarse porque su mundo se desmorona y no quiere o no puede verlo. Cuando te llama a toro pasado porque ella qué sabía y, total, tampoco era para tanto. Cuando ha decidido convencerse de que todo estará bien y tú sabes que sólo es cuestión de tiempo.

       Hay llamadas que no querríamos recibir nunca. Hay llamadas que no tendrían que hacerse nunca.

*Aprovecho para recordar que existe un teléfono de atención para las víctimas de violencia de género: 016 (y no deja rastro en la factura).