Cuento de Navidad

En el momento que pisé el Juzgado para los trámites de las DUD supe que esa asistencia se iba a convertir en una historia digna de ser contada, si bien he querido esperar a poder contar un final, aunque aún no sea firme, para no dejaros a medias (si es que hay alguien ahí leyendo, cosa harto improbable). Advierto que la entrada va a salir larga.

Empieza nuestra historia una noche domingo, hace aproximadamente un mes, en la que yo entraba de guardia de PA en pueblos. Estando la segunda de la lista, y dado que a eso de la una de la madrugada no me habían llamado, decido irme a dormir. Como si lo hubieran olido: a las 2:30 suena el teléfono para que me vaya a hacer una asistencia en un asunto de violencia doméstica a Robledo de Chabela, que, para quien no lo sepa, está más o menos donde el viento da la vuelta. Las peripecias del viaje (que hubo unas cuantas) me las guardo para otra ocasión. Sólo diré que lo del Turno de Oficio no está ni agradecido ni pagado. Total, que llego al cuartel de la Benemérita a eso de las 4:20 de la madrugada. Para mi sorpresa, me dejan ver parte del atestado y entrevistarme con el detenido ANTES de la declaración y sin tener que discutir ni citar de carrerilla ninguna Directiva Europea, sentencia del TC o texto del Digesto.

Me siento en una salita con el cliente, que en resumen lo que me cuenta es lo siguiente: es extranjero, si bien lleva años en España y tiene la residencia. Aquí vive con su hermana, su segunda mujer, su hija de dos años, y una hija de 14 años, fruto de su primer matrimonio, que llegó a nuestro país hace un año tras fallecer la abuela paterna, con quien convivía en su país pues la madre, desde la ruptura, vive en EEUU. Ésta última hija, a la que llamaremos K, huyó de casa tras una discusión, y desde la casa de una amiga llamó a la Policía Municipal para denunciar que su padre la había agredido con un cinturón, cosa que él niega. A su favor: no hay testigos. En su contra: hay un parte de lesiones que certifica un eritema en el muslo compatible con un golpe con cinturón. Yo, como siempre, recomiendo no declarar. Pasamos con los guardias y, ante mi sorpresa, dice que declara. Me dan ganas de meterle el puño en la boca, pero queda feo. Total, que empieza a hablar y debo decir que las manifestaciones fueron coherentes, estructuradas y sin hilo del que agarrar para alegar un agujero en la historia o un renuncio. No he visto declaración mejor en lo que llevo ejerciendo. Total, que ya son las 5:30 de la madrugada y me dicen que le pasan a disposición judicial al día siguiente como DUD, pero que cuando se produzca el cambio de turno le dejan en libertad. Las peripecias de la vuelta también me las salto. Llego a casa a las 6:30 y a las 8:30 me vuelven a llamar. En el juzgado hasta las 14:00 y luego a casa a preparar el rápido del día siguiente, que visto lo visto, se preveía intenso.

Teniendo en cuenta que nos habían citado a las 9:00, que jamás se empieza en hora y que en San Lorenzo de El Escorial el Fiscal es de zona, con lo que ello conlleva, salimos de allí a las 14:30. Y en 5 horas y media, lo sabéis, da tiempo a ver muchas cosas. De momento, a la menor, por orden de no se sabe quién, la habían tenido desde el momento de la denuncia en un centro de primera acogida, de modo que acudió al juzgado acompañada de una asistente social. Entró digna, estirada, y no quiso ni mirar a su padre. Declaró el médico del SUMMA que la atendió, y dijo lo que ya sabíamos: que apreció el eritema, que la causa la refirió la menor y que era compatible con muchos tipos de golpe. Nada concluyente. Empieza entonces el via crucis de conectar con la Fiscalía de zona por videoconferencia para que la Fiscal pudiera participar en la exploración de la menor. Hora y pico después, pasamos a sala. Por cuestiones de logística, pues el monitor está al otro lado de la sala, la menor se sienta a mi lado. Entonces SSª le explica sus derechos, entre ellos la posibilidad de la dispensa de declarar por ser el imputado su padre. Ella dice que no quiere dispensa, que declara. Y entonces K. comienza a soltar por la boca, sin ningún tipo de filtro, lo siguiente: que su padre la agrede a menudo, la mete en el cuarto de baño y la tira contra las paredes; que ella desobedece de manera habitual, porque quiere; que pasa de estudiar; que le roba ropa y objetos personales a la mujer de su padre, pues le gusta vestir “de más mayor” y como no se lo compran pues directamente lo coge; que es consciente de que su tía no le habla porque tiene miedo de sus reacciones, violentas y desproporcionadas; que ella ya es mayor para tomar sus decisiones y hacer lo que quiere; que entiende que su padre debe educarla y llamarle la atención cuando su comportamiento no es bueno, pero que “no puede evitar” contestar cuando la regañan, encararse físicamente, gritar, faltar al respeto o todas a la vez; que lo que pasó dos días antes es que la llamaron la atención por no comportarse en misa (donde ella estaba muy ocupada llamando la atención de su exnovio), le sentó mal y discutió con su padre quien la tiró contra la pared y luego la pegó con el cinturón, huyendo entonces de casa a la carrera. Mi cara y la de la juez, sendos poemas. A mis preguntas, K. reconoce que la escalera de salida de su casa es peligrosa, que es fácil caerse y/o golpearse si se baja corriendo. Luego sale de sala con un orgullo en la cara difícilmente comprensible. Me sentía como en un capítulo de “Hermano mayor”.

De nuevo tiempo muerto entre declaraciones, pues el juzgado intercala lo de la guardia con lo que tiene señalado en agenda. Le explico a mi cliente lo comentado por su hija, mientras se le bañan los ojos de lágrimas y le cuesta no llorar. Nos da tiempo a tener una conversación relativamente profunda sobre K. (poco se habla de la labor de psicólogos que hacemos los abogados), en la que llegamos a la conclusión de que su único problema (si quitamos las hormonas y la tontería inherente a la adolescencia) es que no encuentra su sitio. Sus padres han roto y han rehecho su vida con otras personas, ha tenido que dejar su país y la vida que conocía al fallecer su abuela (único referente durante años, que la consintió demasiado), ya no es el centro de atención pues tiene una hermana menor, en el instituto tampoco acaba de ubicarse, va retrasada en los estudios, se minusvalora respecto de las chicas de su edad, mi cliente no ha sido capaz de verlo a tiempo y de buscar soluciones… Es entonces cuando me confiesa su padre que, al prepararle ropa para que le llevaran al centro, encontró en una chaqueta de su hija un papel con el número de teléfono de la policía municipal y quiso morir cuando se dio cuenta de que ella venía buscando que pasara esto. Menudo mazazo.

Las declaraciones de mi cliente y de su hermana van estupendamente y de nuevo a esperar que llegue un fax de Fiscalía con la calificación (porque lo del sobreseimiento, menos en el caso de la infanta, no lo he visto jamás). Y vaya si llegó: pidiendo un año de prisión y tres de alejamiento. Me-lo-ex-pli-quen. Pasamos el acta guiada y nos señalan para juicio 15 días después. No se acuerdan cautelares específicas, pero la menor se tiene que volver al centro de primera acogida. La siguiente odisea fue hacerle entender a la trabajadora social que la petición del Fiscal no es una condena y que el padre podía acercarse a despedirse de K. si ésta quería. Y quiso: se colgó del cuello de su padre llorando a moco tendido y pidiéndole perdón de todas las formas conocidas. Pero el daño ya estaba hecho.

De los días hasta el juicio tengo que reconocer y alabar (porque es justo) la labor de la gente del centro, que me llamó en varias ocasiones para tenerme al corriente de la relación padre-hija, comentarme que toda la valoración que podían hacer del padre era positiva, que se habían puesto en contacto con el centro escolar de K. y con su madre y que, si bien entendían que era necesaria la intervención de servicios sociales (hasta un ciego lo vería), recomendaban que la menor volviera a casa cuando antes porque no apreciaban situación alguna de riesgo. A instancias mías, incluso accedieron a hacer un informe al respecto y enviarlo directamente al Juzgado de lo Penal. Las alegaciones de Fiscalía, a la vista del informe consistieron en que la menor debía seguir en el centro. Los calificativos me los ahorro.

Llegó el día de la vista y de nuevo acudió la menor acompañada por personal del centro. Me acerqué a saludarla y al preguntarle qué tal estaba su respuesta fue: “me he dado cuenta de que no puedo vivir sin mi padre” y acto seguido quiso saber qué tenía que pasar para que volviera a casa. Respuesta: absolución. Le expliqué cómo funcionaba la vista y que, de nuevo, tenía derecho a la dispensa; ella tendría que decidir si utilizarla o no. Cuando llegó mi cliente volvió a echarse a sus brazos y a pedirle perdón. Mi menda, pañuelico en mano, admirando el maravilloso paisaje de Camarillo para no ponerme en plan plañidera. Entonces se me acerca K. y me dice que no va a declarar. Entro a hablar con la Fiscal (por si acaso) y me dice que ni se me ocurra conformar, que no se va a esforzar lo más mínimo. Perfecto.

El juicio fue un cuadro, y no por la falta de declaraciones de denunciante, denunciado y testigo, sino porque la acusación había citado a tres policías municipales y ninguno había hablado con la menor el día de los hechos; a la única policía que habló con ella no se la citó. Al final, en mi informe, además de pedir absolución por falta de pruebas, hice referencia a lo desproporcionado de la petición de alejamiento de fiscalía teniendo en cuenta que el único familiar que tiene la niña en España es su padre. Al salir de sala, me preguntó SSª que de dónde me he sacado lo de los tres años de alejamiento y le dije que del escrito de calificación. Silencio sepulcral. Aproveché entonces para preguntar qué pasaba con el tema del centro y cito la respuesta: “Letrada, he tomado conocimiento de este expediente hace cinco minutos. Necesito un par de días para mirármelo y ya tomaré una decisión”. De nuevo, me lo ahorro. La menor tuvo que volver al centro al salir del juzgado, pero su padre me llamó al día siguiente para decirme que le habían llamado para que la fuera a recoger. Albricias y jolgorio. Por esta vez, pasaré por alto que no hubiera resolución judicial y que si la hay nadie me la notificase.

Aunque aún no es firme, la sentencia me la notificaron la mañana de Nochebuena, con una absolución como la copa de un pino. Creo que es el mejor regalo de Navidad que ha tenido esa familia en años. Por lo que sé, la convivencia ha dado un giro de 180º, y aunque tendrán que trabajar en ello, están poniendo todos los medios para rectificar y que las cosas mejoren.

Esta es la historia; sacad vosotros las conclusiones 🙂 .

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