Queda esperanza

En estos tiempos de desapego, donde todo va demasiado deprisa, tienes cientos de “amigos” en las redes sociales pero ninguno con el que salir de cañas… a veces hay pequeños detalles que nos devuelven la confianza en la raza humana.

Me explico: un día cualquiera, 19:30 horas. Por azares del destino ni me he traido el coche a trabajar ni mi señor padre puede recogerme después de un curso y tengo que volver a casa en autobús. Y como siempre, toca pasar por el aseo antes, que la vejiga de la nena es muy puñetera. Total, que me dirijo al aseo del intercambiador de transportes y comienzo el ritual de equilibrismos propio de estas ocasiones: mantener la postura mientras te levantas el abrigo y la falda, bajas las medias y la ropa interior, sujetas el bolso, el portafolios -no los vas a dejar en el suelo- y además te da tiempo a acordarte de todo el árbol genealógico del elemento que diseñó los baños y no puso una mísera percha detrás de la puerta. Y en ese momento, al mirar hacia el portarrollos, veo la siguiente inscripción en la pared: “La Rubia y el Sidas –> un preso entre cuatro paredes. Te quiero”. En estado de shock recoloco mi ropa (al final sujeto el portafolios con la boca mientras me visto porque las manos no me dan para más) y salgo del cubículo pensando que aún existe el amor, que hay esperanza. Y luego rezo, en todos los idiomas, para que si algún día tengo una hija y se echa novio, que jamás tenga un mote como ese.

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