A ¿sad? trumpet ballad

Es curioso pero, por diversas circunstancias, me he visto rodeada últimamente de lo que podríamos llamar “proyectos-de-relaciones-que-se-quedan-inconclusas-antes-de-empezar” (seguro que hay un término mejor, pero ayer tardé 20 minutos en que me viniera a la cabeza la palabra “desconcertar”, así que no me pondré puntillosa conmigo misma). Supongo que es como los accidentes de avión o los pelirrojos: basta que aparezca uno para que tu entorno se llene de ellos.

El primero de estos “proyectos” ocurre en la película que da título a este post. Debo decir que aunque suelo admirar sin reservas el trabajo de su director, esta vez necesité unas 12 horas (no exagero) para asimilar la cinta. No recuerdo haber salido nunca de un cine con semejante sensación de angustia y desasosiego, igualadas ambas por la brutal incertidumbre de no ser capaz de decir si me había gustado o no. Sólo después de un (pequeño) ejercicio de investigación histórica, una noche de sueño y un importante esfuerzo para poner en segundo plano toda la violencia que aparece en la pantalla (que no dudo que sea fundamental para la trama, pero a veces la eclipsa por completo y te olvidas de lo que te están contando), puedo decir que me ha gustado. Ahora, con la distancia que da el tiempo, puedo apreciar la fotografía, el ambiente gris (siempre me han gustado las historias donde hay un color dominante en la pantalla, un protagonista más, como el verde de Matrix), lo profundo del argumento, su épica (GRANDE Santiago Segura cargando contra los rebeldes como si estuviera él solo contra el mundo), su moraleja o las interpretaciones del elenco. Llegados a este punto, quiero resaltar el trabajo de Carlos Areces, que reconozco que me ha sorprendido muy gratamente. Precisamente él es el protagonista de una de esos “proyectos”, de uno de esos desencuentros que, como se ha visto y todos sabemos, no suelen acabar bien. Frases como “es el momento equivocado” o “debo seguir con él/ella” son su leitzmotiv.

He sido testigo de un par de historias similares más (mutatis mutandi), una real, otra de ficción, en las últimas 48 horas. He visto cómo familia, trabajo o el omnipresente “qué dirán” se han interpuesto, como un muro de hormigón de 4 metros de grosor, entre sus “protagonistas” o entre el “prota” y un posible destino. Podría recordar decenas más. Y tras un ejercicio de asimilación como el que tuve que hacer con la película, me pregunto hasta qué punto ese “muro” es real o una “muleta” que usa como excusa el que lo coloca. No diré que sea así en el 100% de los casos,, pero sí en un gran porcentaje. Porque es más fácil culpar a las circunstancias que reconocer que el miedo (a otra persona, a querer, a vivir…) es el responsable de nuestra desdicha. Que nosotros somos los responsables porque nos rendimos antes de empezar.

Miedo. Una palabra tan pequeña es tan grande como para manejar nuestras vidas. Y mientras lo imagino como un monstruo que se alimenta de nuestra indecisión, como la Nada de “La historia interminable”, que avanza inexorable mientras arrasa todas las incógnitas y posibilidades de felicidad que encuentra a su paso, puedo ponerme sin problemas en la piel del payaso triste y entiendo su dolor y su locura, aunque lo de las metralletas se quede, para mi, en un desahogo imaginario.

*Nota: en realidad, el trasfondo del film es muchísimo más amplio de lo que acabo de comentar, que es una interpretación personal, pero creo que ese debate debe celebrarse en un irlandés (por ejemplo) y con una buena provisión de pintas a mano.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s