23623

(Lo malo de andar a mil cosas y tener poco tiempo libre es que un post que debería haber redactado y colgado el 17 de diciembre lo voy a escribir el 16 de enero. Asco de vida moderna, oiga).

Cerrad los ojos. Imaginad que estáis sentados en un teatro, en el patio de butacas. Se apaga la luz, comienzan a sonar los primeros compases de la introducción, se abre el telón y, a partir del momento en el que las voces del elenco resuenan por la sala, pasáis a ser un amasijo de sentimientos en bruto que luchan por salir a la superficie y escapar durante casi tres horas. Eso, para mí, fue ver “los Miserables”.

Recuerdo, hace años, ir al colegio y ver, en un termómetro de esos enormes con espacio para un anuncio sobre ellos, el dibujo de una niña barriendo y que anunciaba una obra (más adelante descubrí que se trataba de un musical) que se llamaba “Los Miserables”. Si bien llamó mi atención de una manera bastante poderosa, mi poder de convicción no era  ni de lejos lo que es hoy, así que no conseguí que mis padres me llevaran al teatro. Y la oportunidad pasó. Era 1992.

Años después, resulta que me entero que va a haber una nueva versión del clásico de Víctor Hugo y que, además, se estrenará en Madrid antes que en ninguna otra parte. Esta vez no me lo iba a perder de modo que elegí fecha, desplegué mis encantos y “engañé” a mis acompañantes para que se unieran a esta aventura. Debo reconocer que para mí lo de ir al teatro es un poco como un ritual. No digo que me vista de largo ni mucho menos, pero sí me gusta arreglarme un poquillo, llegar con tiempo, pasear por el hall, buscar con calma mi asiento, disfrutar de la sala mientras se llena y esperar con un hormigueo en el estómago a que se apaguen las luces y se alce el telón.

Y así, aprovechando como fondo las pinturas del autor, pude disfrutar de un montaje como pocos se habrán visto últimamente. Desde el primer acorde, desde la primera estrofa, el vello de punta, y cuando Fantine comienza a cantar “Soñé una vida” aquello fue como si se hubiera abierto la presa de las tres gargantas. ¡Qué manera de llorar! Aunque no creo que hubiera podido ser de otra manera porque la música y la letra llegaban hasta el fondo de mí y me removían por completo.

Dijo Víctor Hugo: ” Los Miserables fue escrito para un público universal. No sé si será leída por todos, pero está desde luego dirigida a todos” y  es difícil que hubiera estado más acertado en sus palabras, pues no es difícil sentirse identificado con cualquiera de los personajes de la obra y con sus miedos, pasiones, miserias y esperanzas. Todos somos un poquito esos miserables a los que se refiere el título.

Habrá gente más entendida que yo que se encargará de hablar, largo y tendido, de la adaptación, el montaje, la traducción de los temas (precisamente el nº de preso de Jean Valjean ahora es el que da título a este post, para facilitar la rima), la música… yo, desde mi butaca y como simple espectadora, sólo puedo decir que me encantó y estoy dispuesta a repetir en cuanto tenga oportunidad. La puesta en escena, las voces (insuperables Gerónimo Rauch, Ignasi Vidal, Enrique R. del Portal, Lydia Fairen, Virginia Carmona, Eva Diago… TODO el elenco, en realidad)… un mes después me sigue pareciendo mágico. Fue una tarde inolvidable.

Para abrir boca, os dejo uno de los tráiler que se han rodado de la producción 🙂 ¡¡A ver si os gusta!!

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2 comentarios en “23623

  1. Pero mas que eso fue un personaje historico un referente para los demas escritores aun lo es hoy . Por ejemplo la maestra para crear a los personajes para darles vida darles forma y hacerlos crebles.

  2. “La obra exige un gran esfuerzo actoral porque no es una historia de amor común y corriente. Se trata de una relación incestuosa entre Mar y su medio hermano, que ha sido desplazado por su amante”, destaca el director, a quien también se le debe la traducción al español de La conducta de la vida, otra pieza de la autora.

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