Pide un deseo…

     Decir simplemente que “llovía” es como decir que el huracán Mitch era brisa. El agua golpeaba violentamente los cristales mientras los relámpagos, incansables, convertían la noche en día y los truenos retumbaban como si el cielo se fuera a partir por la mitad.

     La casa era pequeña, un piso de tantos que forman los bloques de las ciudades-dormitorio en la periferia. Salón con cocina americana, un baño y el dormitorio. Bastante justa para los dos. Libros y discos se amontonaban en todos los rincones que no estaban ocupados por los escasos muebles salpicados por las dos estancias, aunque no había sensación de desorden ni de suciedad. Es como si todo ocupase su lugar natural. La decoración era modesta pero pensada con mucho mimo, con detalles de casa de muñecas del s. XXI.

     Esta vez, la ausencia de luz eléctrica era culpa del aguacero. Habían puesto unas cuantas velas repartidas por las mesas y las estanterías y la atmósfera era bastante cálida e invitaba a la reflexión. Y así estaba ella, hecha un ovillo sobre la cama y abrazada a una muñeca de trapo que había sido su confidente desde que tuvo uso de razón. Recordaba su infancia, rodeada de lujo y con más juguetes a su alcance de los que cualquiera podría desear. Su poni, bayo con una estrella blanca, fiel y comprensivo como pocos, con el que compartió innumerables tardes de otoño paseando por el encinar. La casa, imponente y sin embargo acogedora, llena de rincones y secretos, escenario y protagonista de miles de juegos. Recordaba las noches de invierno, repasando en la biblioteca mientras su padre trabajaba, y la maravillosa sensación que sentía al regresar al final de cada primavera cuando sus padres consideraron que debía completar sus estudios en el extranjero. Sus padres, tan distantes y a la par tan cercanos, que al final le resultaron unos completos desconocidos.

     También recordaba ese día como si fuera ayer, y aunque habían pasado un par de años aún se le humedecían los ojos. Estaban comiendo y, temblando de los nervios, se lo dijo. No iba a volver a la universidad en otoño. Al menos no a aquella en la que estaba estudiando. Quería quedarse en casa. Quería terminar sus estudios aquí. Quería vivir de cerca ese sentimiento tan intenso que estaba experimentando y que le había dado la vuelta a su mundo. No hubo mucha posibilidad de negociación: o nuestras normas o nada. Y eligió nada. O más bien todo. Se fue.

     No era la primera vez que pensaba en ello, ni la primera que se planteaba si realmente su elección había sido la correcta. Dejar de lado la absoluta seguridad de no necesitar nada en toda su vida y cambiarla por la incertidumbre de si llegaría a fin de mes. La comodidad de dedicarse únicamente a sus estudios se convirtió en robarle horas al día y al trabajo para poder continuarlos. Por primera vez, sabía lo que era sentir miedo. Fuera de su existencia de princesa, de su burbuja de cristal, las cosas no eran tan rosas como las había imaginado.

     Entonces, algo llamó su atención. Una de las velas, en la cocina, empezó a moverse. Cuando las lágrimas le permitieron fijar la vista se dio cuenta de que la vela se estaba acercando a la cama, “montada” sobre un pequeño pastel y con la llama protegida por las manos que mejor la conocían en el mundo. Sonrió. Cuando estuvo frente a ella, pidió un deseo y sopló. Entonces él, muy bajito, le dijo al oído: “Feliz cumpleaños” y la besó suavemente, como una caricia, en los labios. Los dos se tumbaron en la cama, abrazados, ella con la cabeza sobre el pecho de él. Y mientras escuchaba el latir de su corazón se dio cuenta de que no era necesario pedir deseos. Realmente tenía todo lo que podía desear.

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