Percepciones

Ayer tuve un juicio. Un asunto de guardia y custodia. Mi cliente es una de esas personas que no soportan los silencios (¡con lo agradables que son a veces!) y necesita hablar constantemente, de todo y de nada, para alejarlos de su alrededor y sentirse más tranquilo. Habló de lo malas que somos las mujeres con los hombres, de los gastos de la casa, de lo que cobra en el paro, de lo malas que somos las mujeres con los hombres, de los últimos crímenes de violencia de género, de lo terrible que es la heroína y los pocos amigos que le ha respetado, de lo malas que somos las mujeres con los hombres… ¿he dicho que las mujeres le parecemos malas? Durante casi una hora mantuvo su charla deslavazada e inconstante, y como todos los hombres me comentó lo desagradable que se le hacía la situación (las mujeres hablan de ello algo menos, o quizá no, pero si de un modo diferente) y yo me di cuenta de lo abismalmente distinta que puede verse la misma circunstancia según se esté sentado en un banco mirando a varias personas vestidas de negro sobre un estrado o se sea una de esas personas vestidas de negro sobre un estrado y se mire a los que están en los bancos (aprovecho para explicar que en los juzgados españoles, defensa, acusación y tribunal están siempre a la misma altura y ninguno está en una mesa más alta que el resto J).

No es la primera vez que debato (por no decir “discuto” XD ) con un cliente porque me dice que tanto estas situaciones como mi trabajo le parecen desagradables. Ahí es cuando trato de explicar que entiendo que es su vida, y a nadie le gusta dejarla en manos de gente ajena para que decida qué será de ellos a partir de ese momento. Pero mi trabajo consiste en que lo que esa persona ajena decida se parezca lo más posible a lo que ellos quieren. Es un reto que me gusta. Y casi siempre lo consigo J.

Yo he estado a ambos lados del espejo, o más o menos. He sido testigo en un par de juicios y podéis creerme si os digo que lo pasé fatal, con tanta gente mirándome y pendiente de lo que yo dijese. ¡Vaya nervios! Casi iguales que cuando me pongo la toga y me subo a un estrado, sólo que éstos van aderezados de un subidón de adrenalina, fuerte concentración y una actividad cerebral que roza la extenuación. Y me encanta.

Es curioso lo distinto que se ve todo dependiendo del lado del escalón en el que estés.

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