La bolsa o la vida

 

       Más o menos eso es lo que me dijeron, y yo no supe bien qué contestar. Fue hace unos tres meses, cuando me dieron el soplo de que me iban a ofrecer un puesto de trabajo al que ya había optado y cuya selección quedé la segunda. En su momento supuso un chasco, pero se quedaron con mi CV, me dijeron que en caso de haber una nueva vacante me llamarían directamente y yo seguí con mi vida, o, al menos, intentándolo. De aquello han pasado dos años y justo ahora, cuando estaba completamente segura de hacer lo que quería, en un trabajo al que cada día iba contenta y con un futuro laboral que poco a poco comenzaba a tomar una forma más definida, ¡pum! aparecieron de nuevo y me desestabilizaron entera. Y es que no se puede llegar de pronto y, como un cuatrero de los del oeste americano, ponerte en semejante brete. Señores, eso no está nada bien.

       Esta tesitura me hizo pasar la semana más dura de mi vida (motivo por el que mi vuelta a las letras y a las caídas se vio trágicamente truncada), plantearme muchas cosas, y, sobre todo, aprender mucho sobre mí misma. Cada vez que sonaba el teléfono rezaba para tener un poco más de tiempo para pensar. Me hubiera venido genial tener una balanza para sopesar con precisión mis opciones pero, como no es el caso, tuve que consolarme con hacer dos listas (mentales, no os vayáis a creer que lo escribí ni nada). La primera suponía un trabajo estable y posiblemente interesante, un sueldo más que generoso y un salto cualitativo brutal en mi CV, pero también estaba que la experiencia adquirida no me iba a servir después en el mundo laboral, que los horarios eran absolutamente incompatibles con cualquier tipo de intención de tener una vida social minimamente gratificante (bueno, en realidad con cualquier tipo de vida social) y que no era ni de lejos algo que tuviera que ver con mi campo actual. El segundo platillo incluía absoluta satisfacción por el trabajo hecho, vocación cumplida, un ambiente laboral fantástico, un futuro cada vez más perfilado y una compensación económica algo raquítica y la inseguridad que supone ser autónoma. Ainss, qué fácil era cuando la decisión más dura era merendar Nocilla o pan con chocolate (que parece lo mismo, pero no es igual). No podéis imaginaros lo complicado que fue. Si pensaba en decantarme por la primera, me sentía una mercenaria; si pensaba en la segunda, una idiota idealista. Al fin y al cabo, hay que comer y no está el mundo hoy en día como para rechazar angulas para quedarse con una tortilla francesa (con todo mi respeto para la tortilla), pero ahora, sin más responsabilidades que yo misma es cuando me lo podía permitir. O al menos en teoría. ¡Lo que trabajó mi coco en esos días!

       Con mucha dificultad, terminé tomando una decisión. No sé si he cometido el error más grande de mi vida o si, quizá, es lo mejor que podía haber hecho nunca. Pero para ganar hay que arriesgarse, y mi felicidad no es un juego. Al fin, llegó el momento crucial: sonó el teléfono y me lo preguntaron: “¿La bolsa o la vida?”. Y con una calma y una decisión que me sorprendieron mucho respondí:

“La vida”.

 

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3 comentarios en “La bolsa o la vida

  1. Difícil decisión, amiga mía. Por suerte, tuviste el valor de elegir lo que el corazón te dictó en ese momento y ahora no te arrepientes de ello, de hecho estás más que contenta de haber escogido ese camino. Qué envidia me da que seas tan fuerte y yo tan débil…(f)

  2. Carol, me encanta tu forma de contar las cosas. Tu capacidad narrrativa. Nunca has pensado en escribir un libro?

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