Llamez-moi

 Aún quedaba más de una hora para amanecer, pero Claire apretó el paso hasta correr. No quería llegar tarde a casa. El cielo estaba encapotado y lloviznaba. Las desiertas calles de París devolvían el eco de sus pisadas. A punto de perder el resuello, se refugió en un portal a descansar y mientras su pecho subía y bajaba con rapidez, recuperando el aliento, recordó las últimas horas.

 Hacía ya más de un mes que le había visto por primera vez. Era una noche de jueves y coincidieron en un pequeño café-concierto de Montmartre. Claire paseaba la mirada por el local, aburrida, esperando a una amiga que, para variar, llegaba tarde. Entonces su mirada se cruzó con la de un desconocido. Fue cuestión de un segundo, quizá dos, pero tan intensos que sintió una descarga eléctrica recorriendo su espina dorsal y se sonrojó como nunca le había ocurrido. Pasaron la noche jugando a ignorarse, a parecer ocupados y entretenidos, pero ambos sabían que estaban constantemente pendientes de los movimientos del otro. El azar quiso que unos días más tarde volvieran a verse en una cafetería. De nuevo, ambos hicieron todo lo posible para ver sin ser vistos, consiguiendo ser aún más conscientes de su presencia. Comenzaron una rutina pactada sin palabras. Todas las noches ella iba a esa cafetería a leer, a estudiar o a tomar algo con sus amigas. Todas las noches, él se sentaba al otro lado del local, solo o acompañado, fingiendo que no la veía y deseando tener una excusa para acercarse.

 Por fin, había ocurrido esa noche. Era más tarde de lo habitual y Claire, intranquila, había releído unas 10 veces la misma página del libro sin haber entendido ni una sola palabra, centrando toda su atención en la campanilla de la puerta. Cuando estaba a punto de darse por vencida, escuchó una voz a su espalda. Era él. El local estaba a rebosar y le pedía permiso para compartir la mesa. Luchando con todas sus fuerzas contra su timidez, ella había conseguido contestar afirmativamente en un tono casi indiferente y se sumergió de nuevo en el libro. Como era de esperar, antes de media hora ambos habían abandonado sus respectivas lecturas y estaban charlando animadamente. Los cafés dieron paso al vino, y cuando el local cerró y casi literalmente les echaron, se dirigieron a una discoteca cercana. El volumen de la música les impedía conversar, y había tanta gente que tenían que bailar muy cerca el uno del otro. Claire se concentró en el olor de la colonia de él, en sus movimientos, en el roce de su cuerpo. Entonces le miró y descubrió que sus ojos estaban llenos de deseo. El tiempo que tardaron en recorrer los escasos 10 centímetros que separaban sus caras se le hizo eterno y por fin, la besó. No era la primera vez que la besaban, pero nunca había sentido una sensación como aquella, tan agradable y tan apremiante, mientras él la estrechaba entre sus brazos y acariciaba su espalda. En ese momento, supo que no podrían volver a separarse jamás.

 Salieron del local de la mano, sin hablar, y él la condujo a través de varias callejuelas hasta un edificio que había pasado mejores momentos. Subieron las escaleras corriendo, las 4 plantas, y entraron en el piso de él. Era una pequeña buhardilla, muy acogedora. La lluvia golpeaba los cristales rítmicamente. Se quedaron quietos, sin apartar la mirada. Fue ella la que se acercó y, con suavidad, comenzó a desnudarle, guiándole después para que él hiciera lo mismo con ella. Cada roce les producía escalofríos, el aliento les quemaba la piel. Ella se apretó contra él, sintiendo la necesidad de él contra su entrepierna. Entonces la levantó en brazos y la llevó a la cama. Hicieron el amor con prisa, con ansia, con avidez. El orgasmo les pilló a ambos casi por sorpresa y la sensación les transportó en el tiempo y en el espacio, en perfecta sincronía. Se quedaron quietos, abrazados, y la respiración acompasada de él reveló que se había quedado dormido. Ella esperó el tiempo suficiente para que el sueño se hiciera profundo y entonces, salió de la cama con delicadeza para no despertarle, se vistió a tientas y se marchó.

 Claire volaba por las calles de París. Quería volver a verle, necesitaba volver a verle, pero también necesitaba unas horas para pensar, para encontrar las palabras, para saber cómo explicarle. Porque mientras Claire corría, en una buhardilla un chico yacía en la cama, dormido profundamente, con unas marcas pequeñas y simétricas en el cuello de las que salía un delgado hilo de sangre, ya seca. En la almohada, una nota: “Antes de subir las persianas, llamez-moi”

 

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6 comentarios en “Llamez-moi

  1. Gran… no, espera: enorme… no, mejor: ENORME… hummm… vale: ENORME relato.
    ¿Tenía que ser en París?

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