El último Quijote

La justicia en este país es lenta. Mucho. Y no sólo hablo de que los procesos se alarguen, sino de que nunca van en hora (y el Juzgado que esté libre de pecado, que tire la primera piedra). Esto supone que se pasan muchas horas al día en los pasillos, rellenando el tiempo mirando al techo, teniendo conversaciones insustanciales o estando pendiente de los que hacen “los vecinos”.

Hoy, esperando para un juicio, he descubierto que aún existen los caballeros andantes. Y no sabéis lo feliz que me ha hecho (romanticona que es una, qué se le va a hacer). El chico en cuestión estaba metido en un “marrón” importante por defender a una chica de ser agredida, pero la mala suerte le hizo pasar de paladín a bandolero. La chica en cuestión era la única persona que podía sacarle del lío testificando a su favor, pero ella “no quiere problemas”, y él, quién sabe si por amor, amistad o porque le sale así, ni la había nombrado. Mientras, su madre lloraba por lo que se les venía encima. Nuestro protagonista estaba dispuesto a asumir la culpa de algo que quizá no era responsabilidad suya porque ella no se viera involucrada.

Me llamaron a sala y no puede enterarme del final de esa historia de caballerías de pasillo, pero tal y como está el mundo, es agradable saber que aún hay caballeros andantes, que el Quijote sigue vivo.

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