Entre cuadernos y bambalinas

       Es domingo por la tarde, y mientras espero un mensaje que se hace el remolón (para sacarme de quicio, seguro), estoy encerrada a cal y canto con Client atronando mis oidos para evitar escuchar el karaoke que mis adorados vecinos han montado en su jardín e intento completar el cuaderno de bitácora de mi último viaje a Roma antes de que los detalles insignificantes (que suelen ser los que arrancan las sonrisas) desaparezcan de mi memoria.

       Entre párrafo y párrafo, mientras busco cel-lo para pegar alguna chorrada ilustrativa en los márgenes de mi relato, su imagen aparece en mi cabeza. Lo asumo como un espejismo y sigo con lo mío. No ha pasado ni medio minuto y allí está otra vez. No viene a cuento en absoluto, no hay nada a mi alrededor que pudiera hacerme recordar, pero lo que la primera vez era un recuerdo borroso, una nebulosa, empieza a definirse y a volverse una figura sólida. Y me dejo llevar por ella. Recuerdo fotogramas, instantes fugaces, roces entre bambalinas… y me pregunto qué es lo que pasó. Qué pasaría si le viera hoy.

     Me monto una película, como siempre, una llamada, un encuentro, miradas, mil historias por contar… y los gritos de gaviota encerrada (que traspasan la doble ventana de climalit) provenientes del jardín de mi vecina me devuelven a la realidad, haciendo que me dé cuenta de que esa imagen es parte de mi pasado y que hoy seguro que ninguno de los dos es lo que era, aunque sí me gustaría saber en qué nos hemos convertido y si aún seguimos los dos buscando cronopios y famas, o si me va a volver a decir que yo tengo la culpa de que empezara a fumar. Si me saludará levantándome en volandas como lo hacía entonces o si seremos dos extraños en un andén.

Vaya, suena el teléfono…

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2 comentarios en “Entre cuadernos y bambalinas

  1. Ante tanto derroche de sentimiento, de palabra dada generosa, de sentimiento escrito sin temor, he decir y digo, no te aflijas ante un recuerdo dado al olvido. Procura arrepentirte de aquello que no has hecho sin ser imposible, de no dar tu brazo a torcer a las primeras de cambio, de no ceder a la simple presión de aquello que dice costar un esfuerzo cuando nadie lo ha regalado. Un besazo.

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