Va por ti

No te habías ido y ya te echaba de menos. Me parecía increíble que llegara el momento en el que quisiera llamarte y no pudiera; es decir, podría, pero ya no estarías para contestar aunque fuera 72 horas más tarde. Quién me iba a decir que acabaría extrañando tu absoluta dejadez con teléfono. Sorpresas te da la vida.

Nadie nos prepara para esto. Obviamente, no mantienes durante toda la vida el trato, la amistad o el afecto con todos aquellos a los que conoces. Menuda locura. Pero los que se quedan en el camino siguen ahí, a una llamada, a un whatsapp de madrugada que nunca debiste enviar, a una incomprensible solicitud de amistad en Facebook. Nunca pensamos que van a desaparecer literalmente. Para siempre. Incluso aunque nos hayan dicho que va a ocurrir. Podemos actuar (casi) como si nada. Seguimos creyendo que no es cierto, que es una broma pesada, que se obrará el milagro. Los mecanismos del cerebro para apartarnos del dolor son alucinantes. Porque se trata de eso. De escondernos del dolor. De huir de él. De construía un muro y dejarlo al margen. Todavía no he podido llorar. Quizá porque me resisto a creerlo. Pero me romperé. Y ese día no sé si habrá consuelo.

Tengo mucha facilidad para establecer un vínculo emocional con cualquier cosa que me recuerde a alguien. Un objeto (soy carne de Diógenes), una canción, un lugar. Contigo esto va a ser muy difícil, porque son muchas las cosas que asocio a ti. Algunas las “compartes” con otros; otras son solo tuyas, y van ser las más duras. Pienso en La Habana, en el malecón al atardecer y en gardenias. En “La casa del escabeche”. The lady in red. Las cariocas. Polo Montañez. En Madrid, en el Ocho y en la facultad. Blue Monday. La cabaña del tío Tom. La Gran Vía. Saleros y tequila. Boas y labios rojos. The time warp. La Zarzamora. Trilogía formativa. Depeche. Reuniones de trabajo reconvertidas en cañeo interminable. Moroder. Los días del funcionario. Kiss. La tortilla del Sylkar. Tu manera de regañarme cuando me daba por vencida. Lionel Hutz. Y sonrío. Y recuerdo mil cosas más. Y me viene a la mente un “puto Morricone”, entre lágrimas, en una sala de cine casi vacía. Y con eso, amigo, me quedo hoy. Va por ti.

 

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El gato sobre el tejado

Este es Tyrion:

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       Es pequeño, delgadito y, como veis, le encanta meterse en todas partes. Pero si tuviera que pensar en su seña de identidad más característica, diría que es no callarse. Nunca. Avisa cuando está en una habitación y alguien entra, cuando llega, cuando se va y entre medias te cuenta todo lo que hace y lo que ve. Obviamente no entiendo sus maullidos, pero es lo que puedo deducir por cómo se comporta. También puedo decir que probablemente sea el gato más cariñoso y agradecido que he visto nunca, probablemente por cómo llegó  mi vida, pero eso es otra historia.

        La cuestión es que hace unos días Tyrion se perdió. Es normal que salga a la calle, pero tiene sus horarios y cuando nos dimos cuenta de que llevaba al menos 12 horas sin venir a casa, entramos en pánico. Horas de batidas por la calle y nada, que no respondía. Y recalco lo de que no respondía porque, de habernos oído y haber podido, habría salido de donde estuviera, como hace siempre. Así que empezamos a pensar que se había colado en casa de algún vecino (cosa que hace habitualmente) y que se había quedado atrapado cuando se fue de vacaciones. Total, que el rescate se nos empezó a ir de las manos cuando había voluntarios para salir por el tejado hasta casa de una vecina en cuya casa se suele colar y reventar una ventana de la buhardilla (para sacar un gato que, recordemos, no estábamos seguros de que estuviera dentro), y decidimos dar una última vuelta antes de liarla parda.

         Total, que salgo de descubierta por la avenida grande, entro un poco por el campo, vuelvo por el parque y cuando estoy llegando de nuevo a la urbanización, no me contengo y le llamo.

– ¡Tyrion! Bsbsbsbsbsbs (onomatopeya que no sé muy bien cómo escribir, pero es como llamamos a los gatos en mi casa ^^)

– ¡Miau!

– ¿Tyri?

– ¡Miaaaaaaaaau!

– ¡Tyri! ¡¿Dónde estás?!

       Me pongo a dar vueltas como loca mientras el pobre animal maúlla desesperado hasta que descubro al gato subido al tejado de la segunda planta de una fila de chalets cercana a mi casa. Aviso al resto y nos surgen dos preguntas: ¿Cómo ha llegado ahí? Y lo que es más importante, ¿cómo le bajamos? Desde la casa a la que correspondía el tejado y la de su izquierda imposible. Estaban de vacaciones y no podíamos acceder al jardín anterior, de modo que había que probar con el vecino de la derecha. A todo esto ya eran las 23 h. y una es consciente de que no son horas de molestar por muy agosto que sea, pero no podíamos dejar al pobre animal maullando desesperado toda la noche, de modo que llamamos al timbre. El dueño de la casa al principio no entendía muy bien lo que le estábamos diciendo pero luego se hizo cargo de la situación y subió a la buhardilla para llamar a Tyrion y que entrase por su ventana para bajar a la calle. Efectivamente, se puso a llamar al gato, éste se acercó corriendo… y se volvió a alejar a la misma velocidad porque no le conocía de nada y desconfiaba. ¡Otra vez como al principio! El buen hombre incluso nos dejó pasar para llamarle, pero ya no había modo. Otra vez el gato en una esquina, maullando como si le estuvieran arrancando la piel a tiras, y nosotros en la calle impotentes porque no nos hacía ni caso. En estas que estábamos a punto de tirar la toalla cuando el vecino-héroe-insensato se aúpa por la ventana de su buhardilla y sale al tejado, andando hacia el gato. Éste que le oye, le ve, y en menos de tres segundos salta del tejado al tejadillo de la la primera planta y de ahí al suelo. Se me acerca, y sin dejar que le coja se aleja a buen ritmo mientras va comentando (supongo) que vaya loco el vecino que ha salido al tejado.

– ¡Miau! ¡Mi! Prrrrrrrr¡miau!

      Y el resto nos quedamos con cara de idiotas.

Tranquila

       Hay llamadas que no querríamos recibir nunca. Nadie quiere que le llamen para saber que otro está sufriendo. Con la impotencia, además, que supone la distancia. Cuando no hay palabras que consuelen y los gestos (una mano en el hombro, un abrazo…) son imposibles. Cuando un “tranquila…” entre sus sollozos sólo suena a lugar común. Cuando tienes que explicar que no hay situación que justifique que la hagan daño y su “Ya, pero…” se te clava en el alma. Cuando las excusas para ti son sólo eso y para ella la roca a la que aferrarse porque su mundo se desmorona y no quiere o no puede verlo. Cuando te llama a toro pasado porque ella qué sabía y, total, tampoco era para tanto. Cuando ha decidido convencerse de que todo estará bien y tú sabes que sólo es cuestión de tiempo.

       Hay llamadas que no querríamos recibir nunca. Hay llamadas que no tendrían que hacerse nunca.

*Aprovecho para recordar que existe un teléfono de atención para las víctimas de violencia de género: 016 (y no deja rastro en la factura).

Goo goo goo joob

        Puedo nombrar sin dudar una canción en la que se dice “Goo goo goo joob“. Tal cual. Y otras dos que utilizan frases muy parecidas. Probablemente sea un dato absurdo e innecesario alojado en mi cerebro. Igual es un dato absurdo e innecesario que un día me salva la vida. Quién sabe.

        Hace años yo tenía una memoria tremenda. Que no se me entienda mal, nunca he sido capaz de memorizar una lección completa más allá del tiempo necesario para aprobar un examen. Pero retenía cientos de datos y fechas de cumpleaños, anécdotas y pequeños detalles que ríete tú de lo que hace el Cara-Libro ahora. Un principiante a mi lado. Pero llegaron internet y el ADSL, que unidos a mi curiosidad hacia cientos de materias (y mi tendencia natural a dormir poco de noche y ser un zombie de día) obligan a mi cerebro a almacenar y borrar ingentes cantidades de datos en menos de lo que se tarda en colgar la foto del bocata de chorizo que te acabas en comer en Instagram. Y encima de un modo completamente aleatorio. Por eso se me escapan la mitad de los cumpleaños (que nadie se ofenda) y recuerdo que, según la edición de Trivial que tenemos en mi casa, las pilas más contaminantes son las de mercurio. Me han explicado cerca de una docena de veces qué es una jaula de Faraday, y durante la explicación siempre me he sentido así:

         Exactamente igual que cada vez que han intentado enseñarme a jugar al mus. Es más, una vez me quedé dormida durante la explicación. Literalmente. Esto me alegra en cierto modo porque significa que mi cerebro no es selectivo y lo mismo borra lo científico que lo lúdico. Lo del mus me convierte en una vergüenza para la facultad de Derecho, pero eso es otro tema.

        Todo esto viene porque estaba leyendo una crítica de cine y me he visto incapaz de reconocer más de la mitad de las referencias que citaba. Y aunque supongo que cierta labor de documentación habrá, admiro enormemente a las personas que son capaces de manejar esas cantidades ingentes de datos sobre un mismo tema. Que tienen tiempo para leerlo todo, para verlo todo, y encima “se les queda”. No el total, obviamente, pero sí lo suficiente como para traerlo a colación sin meter la pata y relacionarlo con lo que ya conocían. El tipo de gente que pilla al vuelo que Bichos es una adaptación de Los siete samuráis.

        Se podría pesar que soy una cabeza de chorlito, lo que a mi reputación profesional no le vendría muy bien, pero tampoco es eso. En ese aspecto tengo al coco enseñado, y la información se archiva y utiliza de un modo completamente diferente. Como lo del artículo que comentaba. El desastre viene fuera de esa parcela xD.

        Hay días en los que me siento Dori y me vienen ideas que desaparecen al momento porque se me ha cruzado una mosca (o un enlace, o un tweet) y que no soy capaz de recuperar pero retengo las letras de cientos de canciones. Es frustrante no recordar en condiciones cómo despejar un castillo de ecuaciones y sí la fórmula del ácido sulfúrico y que “ácido más base, sal más agua“. Todavía recuerdo lo de “un día vi un valiente soldadito vestido de uniforme” (∫u dv = uv – ∫ v du), pero no para qué servía.

     Sé que existe una explicación científica a por qué recordamos algunas cosas y olvidamos otras, y estaba a punto de llegar a una conclusión tremendamente interesante y que hubiera cambiado la concepción de la neurociencia tal y como la conocemos pero mi cabeza ha empezado a tararear la canción del “goo goo goo joob” y ¿quién soy yo para resistirme?

Napster tiene 17 años

Empiezo hoy las vacaciones (ovación ensordecedora) y entre los puntos de mi lista titulada: “Mil cosas que hacer en agosto y de las que no vas a rozar ni quinientas”™, está poner al día el blog y recuperar el hábito de escribir. Me he sentado frente al pc, he repasado TODAS y cada una de mis entradas antiguas para adecuarlas al nuevo formato (está cuco, ¿eh?), al menos en el color de la letra y he encontrado un borrador de un post que ni recordaba haber empezado. Borrador que tiene tres años. TRES. De ayer mismo, vamos. Y me he planteado borrarlo, pero luego lo he releído y aunque necesitaría algunas ampliaciones (tecnológicamente, tres años es muchísimo tiempo) entiendo perfectamente lo que quise decir. Así que lo cuelgo tal cual, incompleto, como si se hubiera cortado la conexión al subirlo. Incompleto porque la vida sigue y en realidad, esta historia no tiene fin.

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“Mi conclusión del debate es que, doce años después de la aparición de Napster (…)”. Pum. En toda la cara.Y no porque el resto del artículo no fuera bueno o porque David Bravo  no estuviera haciendo un análisis muy interesante del tema en cuestión. Simplemente me ha dado por calcular fechas y me he dado cuenta de que Napster tiene casi la mitad de años que yo. Y me ha llegado.

De un modo inevitable me he puesto a recordar (podría haber estado perfectamente sentada al lado de una ventana, mientras llovía escandalosamente en el exterior y yo tenía la mirada perdida; peliculera que es una) y me ha dado morriña de aquellos días. Cuando para conectarte a internet tenías que esperar a que fuera de noche porque la tarifa de teléfono era más barata. Cuando el ruidito chirriante del módem sonaba a música celestial. Cuando advertías a todos los habitantes de tu casa que estaba terminantemente prohibido utilizar el teléfono en las dos o tres horas siguientes (al menos). Cuando entrabas en modo berserker porque después de hora y media para descargarte una canción del (bendito) Napster alguien pasaba de ti y descolgaba el auricular. Cuando elegías a tus “contactos” según la cantidad de puntitos verdes en sus archivos. Cuando el chat de Napster era toda una aventura (del #irc ni hablamos) y te maravillaba poder hablar con gente de medio mundo.

Ahora es todo muchísimo más fácil, pero creo que antes le dábamos más valor. Recuerdo volver de una manifestación contra la LOU volando a casa para poder llegar a tiempo de ver las noticias y saber “en tiempo real” el impacto que había tenido. Hace un mes, en la del 15O, estuve comentando todos los acontecimientos a través de Twitter desde la propia calle Alcalá (y con el vello de punta desde el principio hasta el final).

Hace doce años, si te perdías un concierto, rezabas porque grabasen alguno de la gira y comercializaran. Hace poco más de 15 días, acudí (convencida estoy de que fue cuestión del destino) a la presentación del nuevo disco de Coldplay (ya hablaremos de él, me temo), que se emitió en streaming a todo el mundo.

Escribo estas letras desde un ordenador all-in-one con pantalla táctil de 21’5″, periféricos inalámbricos y conexión a internet de banda ancha. Entonces, 15″ me parecían el colmo de la enormidad y me acordaba de todos los familiares de los trabajadores de Microsoft por haber perpetrado el Windows Me (Gates, aún me la debes) y de mi propio árbol genealógico por haber permitido que mi padre lo instalase (gracias a Dior, tuvo buen critero y volvimos a Windows 2000).

A lo que voy con todas estas anécdotas de abuela Cebolleta es que ahora accedemos a la información, nos relacionamos, de una manera que en ese momento sólo podíamos soñar e intuir gracias a programas como Napster, o los que vinieron después (Audiogalaxy, Kazaa, Azureus, Ares, eDonkey2000, Emule…). El P2P era algo que no acababas de entender pero a la postre era fantástico y el email (mi primera cuenta fue con arrakis) era casi más una anécdota que algo que se usase de un modo habitual. Y aunque ha pasado mucho tiempo (o nada, según se mire)…