Microcuento

Cuando despertó, ella seguía allí. Siguió con la mirada la curva de su espalda. Con mucho cuidado se acercó para abrazarla. Respiró hondo y, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar por el sueño. Sin miedo.

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Derecho y revés

Revisitando mis últimas entradas observo que llevo una temporada bastante intensita. Y es que, a veces, la vida se da la vuelta como un calcetín y se queda del revés. Sin avisar, además. Vives el equivalente del annus horribilis de la reina Isabel II de Inglaterra (que fue 1992, para quien no lo sepa) en algo más de un mes. Un desastre detrás de otro. Y a ver qué cuerpo (y qué cabeza) soporta eso con dignidad y sin que se note. Si conocéis a alguien, presentádmelo (y a su dealer también).

Supongo que no he elegido el mejor momento para volver al blog. O sí; quién sabe. Escribir siempre fue una especie de terapia para mí y cuando no lo he hecho lo he echado mucho de menos. Poco importa que esto lo lea alguien o no. Me sirve de desahogo. A la vida hay que salir “vomitado” de casa. Aunque sea a través de un teclado y en un espacio virtual. Es el único modo de no perder la cordura (si es que alguna vez la tuve). Además, soy firme defensora de que las cosas hay que sacarlas. No me gusta que se enquisten sentimientos inexpresados o conversaciones pendientes; sólo se consigue que se hagan bola y que estallen en el momento menos oportuno. Demostrado empíricamente, de verdad. A base de estallidos fuera de sitio, pero demostrado. Y eso que me voy reformando, ¿eh?. Que cada vez son menos y precisamente porque procuro que las cosas fluyan. Y porque quien me conoce me lo facilita. Lo mismo estoy madurando. O, simplemente, aprendo de los tropiezos (aunque siga tropezando).

También hay muchas cosas que no puedo/sé verbalizar. Esas son las más complicadas y, a la vez, las más sencillas. Porque “salen” en una mirada cómplice, en una caricia distraída o cuando te proponen unas cañas sabiendo que necesitas aire. Nadie pregunta. Nadie dice nada. Pero todo se sabe y esos gestos curan. Soy afortunada porque a mi alrededor hay mucha gente que me lo dice todo sin usar ni una palabra. Amigos que son familia. Espero estar correspondiéndoles como se merecen.

Entre estallidos y silencios pasan los días. Y llegará el momento, espero, en que el calcetín vuelva a darse la vuelta y todo vuelva a estar en su sitio.

Perdida

Nunca había sentido un flechazo. Las veces que me había pillado por alguien, la única vez que me enamoré, llegaron sin prisa, sin verlas venir. Como la marea. Estás en la playa tomando el sol, te despistas un momento, y de pronto el mar te ha rodeado y no tienes escapatoria. Para cuando quise darme cuenta de que estaban ahí ya era demasiado tarde.

Esta vez fue como si me hubiera alcanzado un rayo. La electricidad me recorrió de la cabeza a los pies. Nunca había sentido algo así. Tan intenso. Tan de golpe. Tan deprisa. Duró décimas de segundo, pero me asusté. No sabía qué me ocurría. Hasta que levanté la vista, cruzamos nuestras miradas y sonreiste. Entonces todo tuvo sentido. Estaba perdida otra vez.

Volver

La tormenta por la que rogaba a los dioses a finales de julio se ha desatado ahora. Hay quien diría que llega (muy) tarde, pero creo que en realidad ha sido tremendamente puntual. El final de las vacaciones siempre cuesta y el día ha sido largo, pegajoso y triste. La necesitaba/la necesito mucho más que entonces.

Llevaba un rato largo viendo los relámpagos por la ventana, pero no parecía que fuera a pasar de ahí. De pronto, un trueno. Dos. Tres. Las gotas han comenzado a caer como si hubieran abierto la presa de las Siete Gargantas y he hecho lo único sensato que se puede hacer en estos casos: salir a ponerme bajo la lluvia. Qué bien me ha sentado. El agua se ha llevado el calor del día y de mi piel. Y el pesar. Sobre todo el pesar. Me he calado viva, pero ha merecido la pena. No regrets.

Ya estoy dentro de casa otra vez y me he puesto ropa seca. Mi gata, Tigridia, me acompaña en el sofá. Ronronea y me pide mimos mientras en la calle truena y relampaguea, aunque ya llueve con menos fuerza. La tormenta se aleja. Ha durado unos minutos; más que suficiente. Estoy preparada para volver.

Four to go

“Cuatro días laborables”. Este ha sido mi mantra hoy. Me lo he repetido hasta la saciedad. Sólo cuatro días laborables y la pesadilla habrá terminado. Y lo estoy deseando, de verdad. Necesito parar. Física y psicológicamente. Este año (para mí el año empieza en septiembre) ha sido agotador. Y julio… Ay, julio… Siempre es el broche de oro. El broche de oro de la extenuación. No conozco un abogado que no piense en este mes con horror. Todo tiene que estar para ayer. Los vencimientos se acumulan con la misma velocidad con la que la paciencia desaparece. Eso es lo que me ha pasado esta mañana. Que lo que en cualquier otro mes habría sido un retraso de anécdota (si tres horas de comer pasillo se pueden considerar anécdota) ha terminado siendo una guerra abierta contra el abogado contrario y la secretaria judicial (ahora LAJ), con queja y escrito incendiario (work in progress) incluido.

Y me da mucha rabia que julio se vea como un mes tan feo (lo de la secretaria no; eso me ha encantado xD), porque es mi mes. Es el mes de mi cumpleaños y de mi fiesta de disfraces. Las noches son cortas y cálidas. Es mes de cervezas heladas y de indulgencia en los horarios. De telediarios con noticias de relleno. Es mes de siestas pegajosas. De terraceo interminable. De conciertos en el Botánico. De “piel” (yo me entiendo). De trasnochar entre semana sin cargo de conciencia. Es verano. Y me diréis que agosto también lo es, pero son vacaciones y cuenta atrás para la vuelta. Los días se acortan. El calor remite. Simplemente no es igual.

Total, que en julio se junta lo peor y lo mejor. Así que la cuenta atrás es a la vez dulce y amarga. Es complicado. Una balanza que a cada rato se inclina a un lado diferente. No hay manera de aclararse. Pero el mantra sigue siendo el mismo: “cuatro días laborables”. Y mañana* serán tres.

*Dónde digo mañana es hoy, porque han pasado las doce. Pero se me entiende. No es el día siguiente hasta que no has dormido.